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Lluvia ácida y escasez de ozono, dos ingredientes decisivos de la peor extinción en la historia de la Tierra

Hace alrededor de 250 millones de años, al final del Período Pérmico, hubo una extinción masiva tan severa que sigue siendo la época con la más intensa mortandad de especies conocida en la historia de la Tierra. Algunos investigadores han sugerido que esta extinción fue provocada por colosales erupciones volcánicas desencadenadas por aquel entonces en Siberia. Los resultados de una investigación realizada por el equipo de Linda Elkins-Tanton, directora del Departamento de Magnetismo Terrestre del Instituto Carnegie de Ciencia, en Washington, D.C., Estados Unidos, muestran que los efectos atmosféricos de estas erupciones puede que fuesen más devastadoras de lo que en general se ha venido asumiendo.

La extinción masiva incluyó la repentina pérdida de más del 90 por ciento de las especies marinas y más del 70 por ciento de las especies terrestres, lo que dejó el escenario a disposición de ser conquistado por una nueva y tenaz clase de animales: los dinosaurios. El registro fósil sugiere que la diversidad ecológica no se recuperó por completo hasta varios millones de años después del periodo principal de la extinción.

Uno de los principales candidatos para la causa de este evento es el gas liberado desde una zona siberiana caracterizada por una sucesión de raras colinas que parecen grandes escalones o terrazas, y que son conocidos como las Traps Siberianas. El término “Traps” deriva de la palabra sueca “Trapp”, que significa escalón.

Utilizando técnicas avanzadas de modelado 3D, el equipo de Benjamin Black, del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) en Cambridge, Estados Unidos, fue capaz de predecir los efectos de la masa gaseosa expulsada por las Traps Siberianas a la atmósfera de fines del Periodo Pérmico.

Sus resultados indican que las descargas volcánicas tanto de dióxido de carbono (CO2) como de dióxido de azufre (SO2) pudieron crear lluvia muy ácida, potencialmente volviendo infértil la tierra y sentenciando así a morir a numerosos vegetales, además de diezmar a muchos organismos terrestres. Por si fuera poco, las emisiones de compuestos con halógenos, incluyendo al clorometano (cloruro de metilo) debieron destruir la capa de ozono, dejando la superficie del planeta expuesta por completo a la nociva radiación ultravioleta procedente del Sol, sin la protección que la capa de ozono ejerce a modo de filtro.

Todo ello causó grandes estragos en los ecosistemas terrestres y contribuyó de manera decisiva al exterminio de seres vivos en tierra firme.

En la investigación también han trabajado Jean-François Lamarque, Christine Shields y Jeffrey Kiehl, del Centro Nacional estadounidense para la Investigación Atmosférica (NCAR) en Boulder, Colorado.